32. Sé mi esposa
Emilia Díaz
El ruido del helicóptero era constante, un zumbido grave que se mezclaba con el rugido del viento que golpeaba las ventanillas. Volábamos sobre la ciudad, las luces debajo de nosotros parecían estrellas caídas, ordenadas en calles y avenidas. A mi lado, Álvaro me sostenía la mano con fuerza.
Lo miré de reojo. Su perfil iluminado por la luz tenue del panel de control. Su mandíbula firme, su sonrisa tranquila… Era tan guapo, tan suyo, tan mío. Y, sin embargo, una punzada helada me atr