22. La amante II
Esteban Cazares
La casa estaba en silencio, pero dentro de mí todo era un maldito caos. Caminaba de un lado a otro por el despacho… no, su despacho, el que alguna vez fue de mamá, donde pasaba sus ratos leyendo y que ahora había convertido en mi refugio.
Mis puños temblaban.
Emilia se había ido. Se había largado con ese imbécil. No había regresado desde que se marchó de la mansión… y no hacía falta tener un máster en deducción para saber con quién estaba.
Tomé el teléfono con furia.
—Ramírez, n