34. Destinos separados
No sabía si bajar de mi caballo, mis piernas temblaban. Al igual que aquella vez, parecía un deja vu, pero no lo era, él caminó hacia mí, pero esta vez era diferente porque su rostro era serio y sus facciones gélidas. No podía dejar de ver esos ojos oscuros, hipnotizantes, que hacían que sintiera un cosquilleo en mis partes íntimas.
Tragué saliva, me armé de valor y bajé. Tampoco era aquella niña inocente que conoció en aquel entonces, después de haber recibido tanto dolor en mi vida, sentía qu