Capítulo 11: Decisiones.

—¿Padre?

La presencia de Anezka llenó la habitación como cálido rayo de sol en medio del invierno. Ella era delgada como junco, de facciones suaves y el cabello castaño de su madre, con esos ojos verdes y suaves que la hacían parecer tan delicadamente primaveral.

«Todo lo contrario a Kallias,» pensó Connak. Su niño era más como él, de mirada feria y lengua dura, un bonito envoltorio que encerraba el alma de un guerrero.

—¿Cuánto tiempo durará el silencio en esta casa? —preguntó Anezka, tomando asiento a su lado.

Desde la partida de Kallias, la tensión era algo constante que comenzaba a asfixiar a todos. Rusalka no había tenido ni un poco de piedad al respecto, enviándolo a un rincón de su corazón del que Connak temía no volver a salir.

—Yo no comencé esto —dijo, Anezka lo miró atentamente—. Tu madre es quien no quiere verme.

—¿Puedes culparla? Enviaste lejos a su único hijo varón. Al omega de la familia.

—Tambien me dolió.

—No tanto como a ella, eso es seguro —suspiró y echó la cabeza
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