El túnel olía a humedad, metal oxidado y algo más.
Algo clínico.
Artificial.
Emilia avanzaba lentamente detrás de la mujer rubia mientras pequeñas luces blancas se encendían automáticamente a cada paso.
El lugar parecía intacto.
Como si el tiempo jamás hubiera pasado allí abajo.
Y eso era lo más aterrador.
Porque Saint Gabriel debía haber muerto hace diecisiete años.
Pero no.
Seguía respirando bajo el lago.
Entonces la mujer habló sin girarse.
—Isabella sabía que volverías algún día.
El corazón