El silencio dentro de la oficina era insoportable.
La lluvia golpeaba los ventanales mientras Emilia seguía mirando a Adrián como si ya no supiera quién era realmente.
Y quizá era cierto.
Porque el hombre que tenía enfrente ya no parecía el Adrián controlado que siempre aparentaba ser.
Ahora solo veía culpa.
Una culpa monstruosa.
Desesperada.
Dolorosa.
Mauricio soltó una risa amarga desde el suelo mientras limpiaba la sangre de su boca.
—Vamos, Castellanos. Ya arruinaste una vida antes. No creo