Dejando de lado todos aquellos pensamientos, Kate se dirigió al cuarto de su amiga, con la esperanza de hablar con ella y descubrir el motivo de todo aquel mal humor.
—¿Puedo entrar? —preguntó al golpear la puerta.
Al no obtener ninguna respuesta, decidió hacer lo correcto. Abrió la puerta y encontró a la amiga acostada en la cama, llorando, con la cabeza hundida en la almohada.
Sin decir una sola palabra, se acercó y la abrazó, intentando confortarla.
—Soy una idiota, Kate, una idiota sin noci