Abrí la puerta sin tocar. No podía esperar un segundo más.
Maya estaba despierta, recostada contra las almohadas, la piel pálida, los labios partidos. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, sentí algo que no supe describir: alivio, rabia, miedo. Todo junto, golpeándome como un tren.
—Nathan… —susurró, apenas audible.
Me acerqué a la cama, hundiendo las manos en los bolsillos para no perder el control.
—¿Estás bien? —pregunté, aunque la respuesta no importaba. Lo que necesitaba e