Los días se me escurrían entre las manos como agua turbia. No sabía si habían pasado horas, noches o semanas desde que dejé la oficina de Nathan. Solo sabía que no había vuelto a salir de mi departamento.
Las cortinas cerradas mantenían al sol a raya. La luz apenas lograba colarse por un resquicio, como si hasta ella dudara en entrar a este lugar cargado de silencio. Ni siquiera tenía fuerzas para encender la televisión o preparar algo de comer. El reloj avanzaba, pero yo estaba detenida.
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