El silencio en el pasillo parecía eterno. Nathan dio un paso al frente, y Maya retrocedió instintivamente, apretando contra su pecho la carpeta con las fotos impresas.
—Déjame entrar, por favor —pidió él, con la voz ronca—. No voy a irme hasta que me escuches.
Maya dudó, pero al final giró y abrió la puerta de su apartamento. Caminó hacia la sala sin mirarlo. Nathan entró despacio, cerrando tras de sí.
Ella dejó caer la carpeta sobre la mesa. Las fotos se desparramaron: los recortes de