Parecía que el tiempo se negara a avanzar en aquel lugar por causa de la figura tendida sobre el lecho de piedra.
No parecía muerto.
Pero tampoco vivo.
Cassian yacía como un dios caído.
Su cuerpo cubierto apenas por telas viejas con los músculos intactos, tensos, el rostro sereno, casi cruel...
Y en el centro del pecho, la daga seguía allí, letal.
Una figura femenina apareció en la entrada del lugar.
El eco de sus pasos resonó avanzando hasta quedar a centímetros de él.
Y lo miró fijamente inte