—Más firme con ese pie, Katherine —ordenó Kian con la voz áspera pero sus ojos brillaban con un orgullo que no sabía ocultar.
—Sí, abuelo —respondió la loba empapada en sudor, sin rendirse.
Sus movimientos eran precisos, justo como él le había enseñado.
Katherine no se detenía, no podía. Todos los días para poder dormir debía entrenar y deshacerse de la energía acumulada. Su abuela le decía que a ella le pasaba lo mismo cuando estuvo en su primer embarazo y dio a luz a su tía Devanie y a su p