Klarissa apareció de pronto entre los árboles, corriendo con las mejillas empapadas de lágrimas y los ojos muy abiertos, aterrorizados.
No era el llanto caprichoso de su pequeña cachorra,
Katherine la conocía demasiado bien como para saberlo.
En cuanto la vio, su instinto de madre se disparó, dejó caer lo que tenía en las manos y corrió hacia ella.
—Klarissa —dijo arrodillándose justo a tiempo para que la niña se lanzara a sus brazos.
La pequeña se aferró a su cuello con fuerza desesperada, sol