Él cerró los ojos con fuerza respirando con dificultad.
Sus brazos seguían rodeándola protectores, sin embargo, ahora sus manos temblaban por el esfuerzo de no apretarla más contra sí.
—No llores, preciosa —murmuró con la voz ronca al captar un atisbo salino de sus lágrimas—. No voy a dejar que te pase nada.
Adhara se dejó dejó escapar un sollozo, el miedo y la humillación la golpearon con fuerza.
Stephano de repente tomó su rostro de manera protectora entre sus manos grandes con una ternura q