La casa de la manada estaba en silencio, una quietud densa que solo el bosque profundo sabe otorgar. No era una mansión de mármol ni un palacio de cristal; era una construcción robusta y amplia de madera oscura, con vigas que crujían como si tuvieran memoria propia. Rodeada por centenarios abetos y pinos, el olor a tierra húmeda, resina y musgo impregnaba cada rincón, filtrándose por las rendijas de las ventanas como un habitante más.
Aeryn estaba sentada en el porche trasero, con los pies de