La gran estancia de la casa principal del Enclave no era solo una proeza de arquitectura orgánica; era un organismo vivo. Las raíces del gran árbol que servía de eje a la estructura pulsaban con una luz ámbar muy tenue, sincronizada con el latido colectivo de quienes habitaban el refugio. El aire estaba saturado con el aroma de la resina de cedro, carne de venado asada con hierbas silvestres y el perfume dulce y gélido que emanaba de la piel de los vampiros presentes.
Adrian estaba sentado