El eco de los pasos de Adrian y Aeryn aún vibraba débilmente en las maderas de la casa principal cuando el silencio se apoderó de la estancia. Kaelen, que había permanecido como una estatua de sal en el rincón más oscuro, soltó un gruñido sordo y se retiró hacia los balcones, dejando a los dos soberanos a solas bajo la luz agonizante de las velas de cera de abeja.
Elyan permaneció de pie, con la mirada fija en el umbral por donde el humano se había marchado. Su inmovilidad no era la de alguien