Pov Bastian
Miro el sol que sale por las montañas; no he dormido nada, ni siquiera me he sentado un minuto para descansar.
Ahora entiendo por qué a ella no le gustaba esta manada; teníamos el mismo presentimiento.
—Bastian, encontramos algo más; es mejor que vengas.
Sigo a mi beta hasta el sótano, donde abre una puerta bien escondida.
Al entrar, observo a al menos dos docenas de mujeres, todas con grilletes en sus manos, pies y cuello.
Sus cuerpos son tan delgados que sus vestidos rotos y