El Pabellón de Invierno olía a aceites de flores y a la tensión silenciosa que precedía a toda tormenta. Aisha, de pie frente a su espejo de jade, observaba cómo sus doncellas ajustaban los últimos detalles de su atuendo.
—"No como una concubina" — había ordenado.
Y no lo era.
Vestida con una túnica de seda color plata, el tono de la luna fría, bordada con hilos azules que dibujaban constelaciones olvidadas, Aisha parecía una sacerdotisa de tiempos antiguos más que una consorte. Su cabello, rec