La noche envolvía el Pabellón de Invierno con un manto de silencio, roto solo por el susurro del viento entre los ciruelos en flor. Las linternas rojas, aún encendidas desde la noche anterior, proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de madera oscura, como espectros jugando entre los biombos de seda.
Aisha, envuelta en un simple vestido de terciopelo azul oscuro, un regalo anónimo que había llegado esa misma tarde, observaba el jardín desde la ventana abierta. Sus dedos acariciaban distr