Lena se duchó en silencio. El agua caliente recorrió su espalda como una caricia necesaria. Lavó su cabello con cuidado, temiendo hacer ruido, como si hasta el agua pudiera delatarla. Se colocó una bata limpia, sencilla, de algodón blanco, y desenredó su cabello aún húmedo cuando escuchó los nudillos de Branwen golpear con suavidad la puerta.
—La cena está servida, querida. —dijo la mujer del otro lado.
—Ya bajo. —respondió Lena con un nudo en el estómago.
La idea de compartir la mesa con