El cielo amaneció plomizo, cubierto por una niebla que envolvía los jardines como un velo opaco. La mansión Lancaster, imponente incluso en la grisura, mantenía sus puertas cerradas al mundo, como si dentro no transcurriera el tiempo. Era temprano aún cuando el abogado Adrián Cavallari llegó.
Fue recibido con la formalidad de siempre y conducido al despacho de Kerem, donde la chimenea seguía encendida aunque el clima se deslizara con parsimonia. El hombre caminó tras el mayordomo en silencio,