El desayuno fue tan incómodo como la cena de la noche anterior.
El silencio en el comedor era denso, casi hostil, interrumpido apenas por el tintinear de los cubiertos contra la porcelana y el leve crujir del pan al partirse. Branwen, de pie a un extremo de la mesa, intentaba mantener una compostura neutra, aunque sus ojos no dejaban de observar con curiosidad a los dos habitantes de esa tensión silenciosa.
Kerem masticaba despacio, como si la comida le disgustara, o simplemente la masticara