Odelia caminaba con paso ligero por el pasillo que guiaba a las habitaciones de los sirvientes, tarareando una canción con una energía sospechosamente alegre para la hora y el contexto. Su voz melodiosa rebotaba por las paredes de piedra, perturbando el silencio casi ritual que reinaba tras un estallido de furia de Kerem Lancaster.
Porque cuando él se exasperaba —como había ocurrido esa tarde—, la casa entera retenía el aliento. Nadie hablaba. Nadie reía. Nadie siquiera arrastraba una silla si