Las primeras semanas de clases fueron un torbellino para Lena. De un aula a otra, con cuadernos nuevos y libros que parecían nunca acabar. Cada día aprendía algo distinto, nombres de materias, profesores, y el ritmo agitado de una universidad que la exigía más de lo que había imaginado. Pero ella era aplicada, atenta, y lo absorbía todo como una esponja. Era buena, demasiado buena, y los profesores lo notaban.
También lo notaban sus compañeros. Las miradas se le clavaban encima desde el primer