Kerem se incorporó del suelo con una calma peligrosa, esa que precede a una tormenta. La luz tenue delineaba el filo de su mandíbula mientras, con descaro, su lengua recorría el contorno de sus labios, saboreando los restos de ella, como si no quisiera perder ni una sola gota de lo que ya le pertenecía. Lena no sabía cómo, pero sus ojos parecían encendidos, oscuros, como si pudieran clavarse en los de ella, derramando un hambre que quemaba.
No le dio tiempo a pensar, a respirar siquiera. En un