Odelia subió las escaleras a toda prisa, con el ceño fruncido y el celular temblando entre sus dedos. Se encerró en su habitación, cerrando la puerta con llave antes de marcar el número guardado como Madame Lancaster. La llamada fue contestada al tercer tono.
—¿Qué pasa? —respondió la voz elegante y fría de Celeste Lancaster.
Odelia se pasó una mano por el cabello, aún agitada.
—Señora… la huérfana… ella adoptó un animal —susurró con furia contenida—. Un zorro. Un maldito zorro. ¡Y su hijo, el