El aire en la oficina del piso 40 de la Torre Mondragón ya no olía a caoba cara ni a éxito corporativo. Olía a miedo rancio, a sudor frío y al aroma metálico del terror que emanaba de Julián Mondragón. Frente a él, Nathan Dubios no era un hombre; era una fuerza de la naturaleza, un depredador de linaje Alfa puro que había invadido su territorio y lo había reducido a nada en cuestión de minutos. La presión atmosférica que Nathan generaba era tan densa que Julián sentía que sus pulmones se colaps