A kilómetros de allí, en el piso 40 de la torre Mondragón, el ambiente no era de lágrimas, sino de un pánico sudoroso y fétido. Julián Mondragón estaba de pie tras su escritorio de caoba, mirando con horror cómo todas sus pantallas, aquellas desde las que se creía el dueño del mundo, mostraban el mismo mensaje de error: CUENTA BLOQUEADA / ACTIVOS CONGELADOS / INVESTIGACIÓN FEDERAL EN CURSO.
—No puede ser...
balbuceó Julián, golpeando el teclado con una desesperación patética
— ¡Son millones! ¡E