La llegada a la reunión fue tan impactante como inevitable.
El vehículo se detuvo frente al edificio histórico donde se celebraba el encuentro, una construcción clásica de piedra clara y ventanales altos que reflejaban la noche parisina como un espejo de poder y exclusividad. Las luces doradas del interior se filtraban hacia la calle, anunciando que allí dentro se reunían los hombres —y unas pocas mujeres— que movían los hilos invisibles de la ciudad.
Jared Davenport descendió primero.
Su porte era impecable, seguro, dominante. Ajustó levemente el botón de su traje negro antes de girarse para ofrecer la mano a Amanda. Cuando ella salió, el mundo pareció detenerse durante un segundo.
Amanda estaba deslumbrante.
El vestido blanco contrastaba con la noche como una promesa peligrosa. Su elegancia no era exagerada, sino precisa, medida, casi letal. Cada paso suyo tenía gracia, pero también decisión. No caminaba como alguien que busca aprobación, sino como quien sabe que ya la posee.
Jared