El despacho de Jared Davenport permanecía en penumbra, iluminado apenas por la luz gris que entraba desde los ventanales que daban a París. La ciudad seguía su curso, ajena a la tormenta que se gestaba en aquel lugar donde las decisiones no se discutían: se ejecutaban.
Jared estaba de pie, de espaldas al escritorio, observando la ciudad sin verla realmente. Su mente no estaba en los negocios ni en los contratos que aguardaban su firma. Estaba en un estacionamiento, en una pared fría, en una mujer empujada con violencia.
La puerta se abrió.
—Señor Davenport… —la voz de Sebastián sonó cautelosa—. Tenemos el informe completo.
Jared no se giró. —Habla.
Sebastián avanzó unos pasos, sosteniendo la carpeta con ambas manos. —Enzo Ferreiro interceptó a la señora Davenport esta mañana en el estacionamiento de la Empresa Carrasco. Hubo un altercado físico. Él la sujetó con violencia. Intentó besarla. La insultó.
El aire pareció tensarse.
—¿La tocó? —preguntó Jared, con una calma tan fría que res