El despacho de Jared Davenport permanecía en penumbra, iluminado apenas por la luz gris que entraba desde los ventanales que daban a París. La ciudad seguía su curso, ajena a la tormenta que se gestaba en aquel lugar donde las decisiones no se discutían: se ejecutaban.
Jared estaba de pie, de espaldas al escritorio, observando la ciudad sin verla realmente. Su mente no estaba en los negocios ni en los contratos que aguardaban su firma. Estaba en un estacionamiento, en una pared fría, en una muj