El hielo golpeó suavemente el cristal cuando Amanda inclinó el vaso, dejando que el licor ambarino resbalara por su garganta con un ardor que no lograba apagar nada. No el miedo. No la confusión. Mucho menos la sensación de haberse quedado sin suelo bajo los pies. El bar era amplio, iluminado por luces cálidas que parecían abrazar a todos menos a ella. Gente rica, ejecutivos, turistas… risas, música suave, copas elevadas. Y allí estaba Amanda Portal, con los codos apoyados en la barra, bebiendo como quien intenta ahogar un incendio con gotas de lluvia. Tal vez buscaba olvidar que su vida ya no le pertenecía. Tal vez buscaba dejar de pensar en la boda de la mañana siguiente. Tal vez sólo buscaba respirar.
A unos kilómetros de distancia, en otro extremo del mismo local, Jared Davenport levantó su copa con la parsimonia de un hombre que nunca tenía prisa. Su presencia dominaba el espacio como si el aire mismo se tensara para rodearlo. Alto, impecable, frío. Una figura imposible de ignora