Amanda permaneció de pie frente a sus padres, sin aliento, esperando... temiendo.
Conocía demasiado bien el temperamento de Carlos Portal: su voz firme, su carácter indomable, aquella autoridad natural que siempre imponía respeto en todos los salones en los que entraba.
Por eso, cuando terminó de hablar, cuando confesó que al amanecer se casaría con Jared Davenport, se preparó para escuchar el rugido de su padre, el golpe seco de su mano contra la mesa, la explosión. Pero nada ocurrió. Carlos no emitió palabra. Solo la observaba. Con una quietud tan desconcertante que la piel de Amanda se erizó. El silencio se volvió denso. Pesado. Doloroso. La respiración de Lucía tembló. La de Amanda apenas existía. Finalmente, el hombre que todos en Francia temían... habló.
—Hazlo.
Amanda parpadeó. Tres veces. No creyó haber escuchado bien lo expuesto por su padre.
—¿Q-qué? —su voz se quebró.
Carlos dio un paso hacia ella, y aunque su rostro mantenía aquella dureza inquebrantable, sus ojos revelaba