El amanecer en París llegó silencioso, casi tímido, como si la ciudad presintiera que aquel día no era uno cualquiera. Los primeros hilos de luz se filtraban por las cortinas blancas de la habitación de Amanda, acariciando la alfombra, rozando los muebles antiguos, trepando lentamente por la cama hasta alcanzar a la joven que permanecía sentada, envuelta en una suave bata color marfil. Sus rodillas estaban recogidas contra el pecho y sus manos aún temblaban, no de frío, sino de una mezcla oscur