La noche había caído sobre París con una calma engañosa.
Las luces de la ciudad se filtraban por los ventanales del estudio de Jared Davenport, reflejándose sobre las superficies de vidrio y acero. El espacio era amplio, sobrio, dominado por una mesa central de trabajo y estanterías repletas de libros de arquitectura, contratos y maquetas impecables. Todo allí hablaba de control, de orden… de dominio.
Amanda estaba sentada frente a la mesa, inclinada sobre sus planos.
Sus ojos verdes estaban enrojecidos por el cansancio, las pestañas pesadas, pero su expresión era férrea. Había extendido varios proyectos sobre la superficie, comparando medidas, revisando cálculos, corrigiendo anotaciones con una precisión casi obsesiva. Cada línea trazada era una defensa. Cada número, una prueba de su inocencia.
No iba a detenerse.
No podía hacerlo.
Sus dedos recorrieron el papel con lentitud, como si acariciara la estructura misma de su reputación. Sabía que bastaba un error —uno solo— para que todo