La luz de la mañana entraba suave por las rendijas de la cortina, tiñendo la habitación con tonos dorados y melancólicos. Helen despertó lentamente, como si su cuerpo se resistiera a abandonar el refugio silencioso de los sueños, porque allí, al menos, el amor de Ethan era entero… y suyo. Pero la realidad no ofrecía consuelo. Abrir los ojos significaba recordar. Y, a veces, recordar algo que no se tiene es más cruel que cualquier pesadilla.
Recordaba la presencia constante de Ethan en la casa,