Al entrar en la casa, Ethan fue tragado por un silencio pesado, denso, casi opresivo. No era un silencio calmo ni reconfortante; era el tipo de silencio que grita en cada rincón, que hace eco de aquello que el alma intenta sofocar.
Cerró la puerta despacio, como si temiera el ruido que pudiera hacer. El suspiro que escapó de sus labios fue largo, cansado, arrastrado, como el de quien carga más de lo que los hombros pueden soportar.
Sí, estaba exhausto.
Pero no era el cuerpo lo que dolía; era al