La cocina estaba en silencio. Un silencio pesado, denso, como una manta de plomo que no dejaba respirar. Erick seguía sentado en la misma silla, con la mirada perdida en la mesa, en los platos servidos que nadie comería, en la silla vacía frente a él.
La silla de Luisa.
Vacía.
Como su corazón.
Tomó la taza de café. Ya estaba frío. Pero la llevó a sus labios igual. Bebió un sorbo. Amargo. Como todo.
—¿Cuándo? —se preguntó en voz alta, mirando la silla vacía—. ¿Cuándo me va a perdonar? ¿Será que