El auto de Damián se deslizaba por las calles vacías de la noche. Las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas perdidas en el asfalto mojado. Luisa iba en el asiento del acompañante, con la mirada perdida en el paisaje que pasaba tras la ventanilla. Sus manos descansaban inertes sobre el regazo. No había llorado durante el viaje de regreso. No había hablado. Solo miraba. Solo existía.
—Está tarde —dijo Damián, rompiendo el silencio—. Son casi las diez. Mejor ve a casa, descansa. Mañana ser