El timbre resonó en la mansión como un disparo en medio de la niebla. Eran las siete de la mañana de un sábado que prometía ser tranquilo. Luisa estaba en la cocina, preparándose un café cuando escuchó el sonido. Frunció el ceño. Nadie tocaba el timbre a esa hora. Nadie.
Se secó las manos en el delantal y caminó hacia la puerta principal con pasos lentos. Abrió.
Y el mundo se le vino encima.
—¡Querida! —exclamó la señora Benedetti, con los brazos abiertos como si fuera a abrazarla—. ¡Qué gusto