El teléfono de Erick vibró sobre el escritorio de su oficina. La pantalla iluminó la penumbra con un brillo azulado. Miró el nombre y frunció el ceño. Annie. Otra vez.
Llevaba días evitándola. Las fotos que ella le había enviado todavía le quemaban en el pecho, pero algo en su interior le decía que Annie no las había mandado por preocupación. Había algo oscuro en sus ojos cuando le enviaba esos mensajes. Algo que olía a manipulación.
Pero contestó.
—Dime.
—¡Erick! —la voz de Annie sonó eufórica