La oficina de Erick Benedetti olía a whisky y a furia contenida. Las persianas seguían bajadas desde hacía tres días. Los empleados entraban y salían con pasos de puntillas, como si caminaran sobre un campo minado. Nadie quería cruzarse con él. Nadie quería ser el destinatario de su mirada asesina.
Erick estaba sentado detrás del escritorio, con la camisa desabotonada, la corbata colgando floja y los ojos clavados en la pantalla del teléfono. Las fotos seguían ahí. Las había mirado tantas veces