Erick se había ido.
No dijo adónde. No dijo cuándo volvería. Solo tomó sus llaves, la miró con esos ojos que ardían entre el odio y otra cosa que ella no quería nombrar, y salió sin despedirse.
Luisa caminó hacia la mesa y se dejó caer en la silla. Miró el desayuno servido para dos. El plato de él, intacto. La taza de café, humeando, esperando a alguien que no iba a llegar.
—Tan raro —murmuró, apoyando la cabeza en una mano—. Un día me trata bien, casi como si le importara. Al otro día me mira