La cena había terminado. Los platos fueron retirados por el servicio silencioso, y las copas de vino tinto comenzaron a llenarse en la sala contigua. Una chimenea falsa proyectaba llamas de colores que subían y bajaban sin quemar nada. Luisa se sentó en el borde de un sofá de terciopelo burdeos, con la copa en la mano, fingiendo interés en las cortinas de la ventana.
Erick se sentó a su lado, rígido como una estatua. Su madre, la señora Benedetti, ocupó el sillón principal con una sonrisa que p