El taxi se detuvo frente a la mansión cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles. Luisa pagó, bajó con su bolso al hombro y caminó hacia la puerta principal con pasos lentos. No tenía prisa. La prisa era de él, no de ella.
Al entrar, lo primero que vio fue la caja.
Una caja enorme, alargada, envuelta en papel de seda color crudo, descansaba sobre la mesa de la sala. Un lazo de terciopelo color marfil la adornaba, como si fuera un regalo de Navidad. Luisa se acercó despacio, casi