Luisa sintió que el mundo se movía más lento.
Los sonidos del restaurante se volvieron borrosos, como si alguien hubiera metido algodón en sus oídos. Las luces se hicieron más brillantes, molestas, hasta dolerle los ojos.
—Levántate —dijo Erick, guardando el teléfono en el bolsillo—. Nos vamos.
Luisa quiso responder. Quiso decirle que no podía, que su garganta se estaba cerrando, que apenas podía respirar. Pero las palabras no salían. Solo un sonido ronco, extraño, que ni siquiera ella reconoci