Luisa se bañó.
No porque quisiera. No porque la orden de Erick le pareciera razonable. Sino porque sabía que, si no obedecía, la escena sería peor. Gritos. Insultos. Quizá algo más.
Así que se duchó, se secó el cabello y se puso la ropa más sencilla que encontró: unos pantalones negros y una blusa blanca. Nada del otro mundo. Nada que pudiera provocar otro comentario hiriente.
Cuando bajó, Erick la esperaba junto a la puerta. Traje oscuro, como siempre. Corbata impecable. El reloj caro brillando