La mañana llegó con un sol pálido que se filtraba por las ventanas de la oficina de Erick. Llevaba horas despierto, dando vueltas en la cama, pensando en Luisa. En su silencio. En la forma en que se había ido sin despedirse. En sus ojos rojos, aunque ella había jurado que no había llorado. Algo había pasado. Algo que ella no le había contado. Y eso lo carcomía por dentro.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Javier.
—¿Diga? —respondió Erick, con la voz ronca por las horas de insomnio.
—Jefe —