La habitación del hotel en Zúrich era amplia, de techos altos y ventanales que daban a las montañas nevadas. El lujo discreto de los acabados en madera oscura y los muebles de diseño contrastaba con la tormenta que Erick llevaba por dentro. Llevaba horas despierto, desde antes del amanecer, con la llave oxidada en la mano y la verdad a medio descubrir quemándole el pecho.
Se sentó en el borde de la cama, todavía en bata, el cabello despeinado, la mirada perdida en el paisaje invernal. El teléfo