106.
El llanto de la hermana Samara nos iba a asustar más a los niños, así que le pedí que se retirara. Cuando lo hice, la mujer volteó a mirar en varias direcciones. Tenía razón: no tenía un lugar a donde ir. Ahora, ninguno de nosotros tenía un lugar a donde ir. Nicolás apoyó con fuerza su mano en mi hombro, dándome a entender que él estaba ahí para nosotros. Yo me sentí mal por eso, porque yo le había mentido, lo había utilizado, y ahora estaba ahí apoyándonos en un momento tan complicado.
— ¿Qué